S01E01 – Huí­da de Solace

Las escaleras crujían bajo los pies de Gruñus. El halfling se había despertado muy alegre. La gran fiesta de Año Nuevo de Solace había sido todo un éxito. Además, había conocido a una halfling muy guapa llamada Naistgl, de profesión oscura pero sin problemas de paro. También había conocido a un halfling de nombre Rockenter muy divertido y gracioso que estuvo contando chistes sobre goblins toda la noche y finalmente Trasper, un humano más bien activo sabía más de sexo e hípica que nadie que Gruñus conociese. La fiesta se había prolongado hasta altas horas de la madrugada. Él quería levantarse pronto para partir hacia Nuevo Puerto y allí coger un barco para Sanction donde le habían dicho que vivían los supervivientes de su poblado.

Al llegar al comedor vió que Trasper ya estaba desayunando pan y vino salado. La posada estaba considerablemente limpia después de cómo había quedado la noche anterior. Sud, la posadera, debía haber estado limpiando desde que la gente se empezó a ir. Ahora el viejo Toster la suplía sirviendo los desayunos.

—Hey Gruñus, ¿qué tal has dormido? — vociferó con poca delicadeza Trasper.

—Pues tumbado y con los ojos cerrados.

—Ja. Tostor trae el desayuno a este halfling de cerebro pequeño.

Tras el poco cordial saludo entraron en la posada dos hombres encapuchados que se sentaron en una de las mesas y empezaron a susurrar. Rockenter apareció corriendo escaleras a bajo y, sin decir nada, se sentó con Gruñus y Trasper. Después de comentar la fiesta del día anterior Gruñus decidió que los extraños encapuchados hablaban muy bajo y no oía nada así que se levantó y se acercó a la mesa. Rápidamente los encapuchados se callaron y permanecieron inmóviles. Una risita salió de la boca de Rockenter. Gruñus les dijo mientras les daba a uno de ellos unas palmaditas en el hombro:

—Discúlpenle, se ríe por cualquier cosa.

En ese instante los dos se levantaron tan rápido que sus capuchas se cayeron sobre sus hombros dejando ver unos cráneos vacíos con unas pupilas rojas. Los tres amigos, sin dudarlo un instante, se lanzaron hacia la puerta de salida. Las dos esqueléticas criaturas se lanzaron tras ellos.

Gruñus, Trasper y Rockenter, fuera ya de la posada, se dividieron. Rockenter bajó por las escaleras mientras que Gruñus y Trasper siguieron corriendo de frente por un puente flotante que comunicaba con el resto del pueblo. Corrieron y corrieron hasta llegar a una casa que tenía la puerta entreabierta. Entraron en ella pero cuando vieron que no había ningún sitio donde esconderse salieron tan rápido como entraron. Las criaturas esqueléticas se habían acercado bastante por lo que Gruñus y Trasper arrancaron a correr de nuevo. El coraje y la valentía les perseguían pero ellos corrían más rápido.

Rockenter, por su parte, no había tenido muchos obstáculos. Cuando pisó tierra firme empezó a correr por puro formalismo en la dirección en la que iban sus amigos hasta que chocó contra una de las pocas casas que no estaba en los árboles. Era la herrería de Darb, quien ahora estaba durmiendo. Cuando se disponía a continuar una mano inocente le tocó en la espalda.

—Señor, váyase, váyase.

—¿Qué dices muchacho? —preguntó extrañado Rockenter.

—Ayer vi cómo llegaban y se escondían en las sombras y bajo tierra. El pueblo está repleto de ellos y lo mejor que puede hacer es irse de aquí.

—Pe.. pero ¿quiénes?

—No lo sé, nunca les había visto. Venga, yo le llevo a la salida.

—Espera, tengo que llamar a mis amigos.

Encima de ellos sus amigos seguían corriendo perseguidos por los esqueletos encapuchados.

—¡Eh, bajad! —les gritó Rockenter.

Dicho y hecho, Gruñus y Trasper pararon y saltaron a tierra firme. Trasper aterrizó bien pero Gruñus calculó mal y se golpeó la cadera haciéndose unos buenos rasguños. Los esqueletos de arriba, sin el refuerzo de unos músculos en caso de caer con mal pie, se alejaron corriendo en busca de las escaleras más próximas.

—Vamos, seguidme, sé dónde hay caballos —contestó el chico a las expresiones faciales de Gruñus y Trasper.

Se pararon ante lo que parecía ser un establo. Dentro no se oía nada.

—Esperadme aquí, voy a buscarlos.

Pero justo en el umbral de la puerta una mano horrible surgió de la tierra y agarró una pierna del niño.

—¡Aahhhhhh! —gritó a todo pulmón—. ¡Socorro! ¡Salvadme!

Siguiendo a la mano, un brazo, un hombro y una cabeza surgieron siniestramente de debajo de la tierra y atacaron al pobre niño que estaba aterrorizado.

Gruñus rompió el hielo y sacó su hacha de batalla dispuesto a darle una lección. Trasper se animó y también se preparó para el combate. Rockenter miró asustado hacia atrás, los encapuchados de antes estaban ya a nivel del suelo y se dirigían hacia el improvisado campo de batalla. El monstruo nomuerto emergido de las profundidades les recordó su presencia mediante el grito despavorido del niño que ahora solo tenía un brazo. Gruñus se abalanzó sobre el monstruo dándole un buen hachazo. Trasper no tuvo tanta suerte y falló su estocada por centímetros. Rockenter hizo una rápida evaluación de la situación y haciendo caso omiso a las demandas de ayuda de sus compañeros se encaminó hacia la salida sur de Solace. El monstruo sacó una pierna mientras empezaba a comerse el ya inerte cuerpo del niño humano. Gruñus y Trasper de repente vieron el mismo futuro que Rockenter unos momentos atrás y se pusieron a correr tras Rockenter. El monstruo desenterró su segunda pierna y se unió a los encapuchados en la persecución. Los amigos aceleraron y salieron de Solace. Después de ver que ya no les seguían y de reponerse un espíritu fantasmal se paró delante de ellos. Si antes se habían horrorizado al ver al monstruo salir de la tierra ahora sus horrorizadas caras presentaban síntomas de paranoia colectiva y se volvieron tan inmóviles que Buddha a su lado parecería estar bailando la danza del vientre. El fantasma preguntó impávido:

—¿Han visto ustedes a Julieta?

Sus expresiones se relajaron ligeramente, no les había lanzado una maldición ni una bola de fuego y todavía seguían vivos. El fantasma se dispuso a pasar de largo de los desquiciados que tenía delante pero Trasper recuperó en mal momento la capacidad de hablar y le contestó:

—Sí, sé dónde está.

—Ah, perfecto, ¿le importaría indicarme la dirección para poder llegar a ella?

Gruñus y Rockenter sabían perfectamente que Trasper desconocía el paradero de la tal Julieta. Cuando ya le iban a reprimir por su contestación sin sentido Trasper respondió al fantasma:

—Se fue por allí —dijo señalando en dirección a Solace.

—Muchas gracias, que Zenji os acompañe.

Tras escuchar estas palabras el fantasma se alejó en dicha dirección.

Al poco los tres se recuperaron de la impresión y decidieron seguir por el camino que más rápido les alejaría de Solace: adentrarse en el bosque que se alzaba delante de ellos.

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